pasado presente editores blog  Desde que Ángel Viñas comenzó a documentarse  para escribir El oro español en la guerra civil (Instituto de Estudios Fiscales, 1976) hasta este libro sobre Las armas y el oro: Palancas de la guerra, mitos del franquismo, han transcurrido casi 40 años. Una vida de investigación infatigable en todos los archivos posibles, españoles y extranjeros,  de análisis ponderado y escrupuloso de los hechos y de desmontaje, pieza a pieza, de los fraudes y mitos de Franco y del franquismo. Este libro que hoy presentamos supone la demolición de los cuatro pilares básicos de la mitología franquista sobre la guerra civil española.  Desde la ciencia histórica, hasta el día de hoy, nadie ha podido refutar las conclusiones del profesor Viñas.

Y, sin embargo, Ángel se sigue preguntando –también lo hace en este libro-- ¿por qué, tras publicar los resultados inapelables de su investigación científica, coincidentes y validados por otros grandes historiadores profesionales, los mitólogos siguen escribiendo y publicando papeles que, saltando sobre lo ya demostrado, glosan y defienden el Antiguo Testamento franquista? Pues bien, querido Ángel, ya he encontrado la respuesta a tu pregunta.

 

Mientras viajaba en el tren hacia aquí iba yo corrigiendo las pruebas de un próximo libro de David Jou que se titulará El laberinto del tiempo. Cuando explica los mecanismos de la memoria asociada al tiempo, el Dr. Jou dice: “Los diversos modelos teóricos de memoria y aprendizaje son puestos a prueba en organismos sencillos, como el caracol de mar Aplisia, o en sanguijuelas. Por ejemplo, se golpea ligeramente una parte del caracol y se observa cómo retrae sus cuernos. Al primer toque los retrae rápidamente, ya que tiene sensación de peligro. Al cabo de varias toques sin que nada ocurra, la sensación de peligro disminuye y no retrae tan velozmente los cuernos o, al final, ni siquiera se toma la molestia de retraerlos: ha almacenado una memoria de habituación.”

 

Exactamente, Ángel: al principio, cuando les tocabas los cuernos  -dicho sea con perdón—los mitólogos se retraían rápidamente, luego se acostumbraron porque no ocurría nada y ahora ni se inmutan: han almacenado una memoria de habituación. Y eso es lo malo: tras casi 40 años la memoria de habituación al franquismo se ha enquistado no solo entre los mitógrafos o ciertos dirigentes políticos, sino entre una buena parte de los ciudadanos. Deberíamos preguntarnos por qué. Los historiadores habéis cumplido con vuestro deber y, en tu caso, casi de un modo heroico, pero vuestro trabajo no ha sido suficiente para erradicar una interpretación del mundo basada en el culto al poder absoluto, el fanatismo y la intolerancia. Tal vez lo que ha fallado es que no hemos sabido formar ciudadanos, como decía don Ramón Carande. O, mejor, no hemos querido. Digo esto porque, ahora que podemos ver con cierta perspectiva histórica los apaños de la transición, no podemos seguir negando que no exigimos responsabilidades a los culpables (no digo ajuste de cuentas, que nadie quería ni pidió), pero es que ni siquiera nos atrevimos a reivindicar los logros democráticos de la República. No nos atrevimos a llamar a las cosas por su nombre y permitimos que sobrevivieran las prácticas y actitudes antidemocráticas propias del régimen de Franco, seguramente aterrados ante la posibilidad de que los militares volvieran a las andadas. No sirvió de nada: volvieron. La forma en que se llevó a cabo la transición, en la que los políticos de izquierda “renunciaron a sus principios a cambio de que se les permitiera participar en el juego parlamentario que proponían los mismos que lo habían asaltado y destruido en 1936” (Josep Fontana), permitió que se amnistiasen los crímenes cometidos en los cerca de cuarenta años del régimen.  Al acordar la amnistía se alimentó la memoria de habituación. Si no, ¿cómo podemos explicar que aún no se haya condenado, desde las más altas instancias del estado, los crímenes del franquismo? ¿Por qué se rechazan sistemáticamente los recursos de revisión de miles de show trials del franquismo, entre ellos los de Joan Peiró, Miguel Hernández o Lluís Companys, a quien se mantiene la plena validez de la sentencia del consejo de guerra que le condenó a muerte por el delito de “rebelión militar”?  Lo ha vuelto a impedir el fiscal del estado… ¡en 2010! ¿Por qué ha de ser la ONU la que recuerde al gobierno actual que la identificación de los asesinados por el franquismo y la entrega de los restos a las familias es un deber del estado y no un capricho de sus deudos? ¿Por qué ha de ser la judicatura argentina la que persiga a los torturadores de Franco?

 

El pasado lunes, en su artículo habitual en El País, Almudena Grandes, comentando el fallo del tribunal que juzga el caso Prestige, decía que una de las dos cosas que se espera de los ciudadanos es que no piensen. Y añadía: “Que expriman la presunta fragilidad de su memoria hasta alcanzar la exacta proporción de amnesia y simpleza que nos recomiendan ciertos tribunales”. Tiene toda la razón: para los ciudadanos, la amnesia;  para los políticos neofranquistas, la memoria de habituación.  ¿Qué otra cosa, si no, puede explicar el de otro modo patológico comportamiento del ministro Wert? ¿Cómo explicar, si no es por la memoria de habituación, la ley que va a aprobar el gobierno el próximo viernes reprimiendo con sanciones absurdas al pueblo si se manifiesta ante sus representantes? ¿Tendré que hablar de la memoria de habituación de José María Aznar, que le viene de su abuelo?

 

 

La memoria de habituación es muy peligrosa porque, como explica el profesor Jou, la conciencia y la memoria se alimentan mutuamente en la construcción de un yo profundo. El sábado pasado vi en televisión, como seguramente la mayoría de ustedes, el congreso del frente de juventudes del PP. Aquellos jóvenes vociferantes me dieron más miedo que sus mayores entrando en la librería Blanquerna el 11 de septiembre pasado dispuestos a imponer, con los puños y las pistolas, la idea falangista de España. Protegido por un mamparo de tablas, como de madera de cajas de melones, el líder máximo decía que él no iba a levantar el pie del acelerador de la ordalía social a que nos viene sometiendo (bueno, Rajoy no lo decía exactamente así). Los cachorros aplaudían y bramaban: “¡España!, ¡España!” cada dos minutos. Pero el delirio patriótico se desbordó incontenible, como un tabor de regulares, cuando Rajoy dijo que él no iba a jugar con la soberanía de España. En ese momento, los atildados jóvenes, mitad monjes mitad consejeros delegados, se pusieron en pie entonando a voz en cuello: “¡Yo soy español, español, español! ¡Yo soy eppañó, eppañó, eppañó!”.  Coño, pensé yo, ¡como los melones! Pero en realidad el campo semántico de sus vivas traducía arrogancia, intolerancia y desafío; es decir, fascismo.

 

Termino ilustrando cómo el mismísimo general Franco, de cuya muerte se cumplen hoy 38 años (tantos como la duración de su dictadura), supo intuir los mecanismos de la memoria de habituación, y para ello nada me parece más apropiado que recurrir a sus propias palabras. Voy a leerles un corto párrafo, precisamente, de su testamento: “Por el amor que siento por nuestra Patria os pido que perseveréis en la unidad y en la paz, y que rodeéis a Don Juan Calos de Borbón [antes había escrito “al futuro rey de España”] del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado, y le prestéis en todo momento el mismo apoyo de colaboración que de vosotros he tenido”.  Por lo menos en lo que concierne a la “lealtad” y a la “colaboración”, no cabe duda que el difunto Caudillo puede descansar en paz.

 

 

  

 

 

 

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